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026. El ascenso más triste



Ya hemos citado varias veces en esta web esta frase, pero si hay un artículo en el sea adecuada, es sin duda éste: “el que olvida su historia, está condenado a repetirla”.

No es ni mucho menos un acto a celebrar, y qué duda cabe de que la historia del Cádiz está salpicada de momentos mucho mejores que éste, pero ya han pasado más de veinte años de este episodio, y conviene recordar a las nuevas generaciones que la laxitud en el rechazo a la violencia, en todas sus formas, a veces tiene consecuencias funestas.

El 21 de abril de 1985 el Cádiz retornaba a la categoría de oro del fútbol español. El equipo dirigido por Benito Joanet navegó con relativa facilidad por la Segunda División, y desde el principio se situó en puestos de ascenso. Pero el día que se confirmó matemáticamente el regreso a lo más alto, todo salió mal: el equipo caía, frente al Castellón, en un Carranza abarrotado y el técnico catalán anunciaba, al término del choque, que no continuaría en el banquillo amarillo.

Aunque lo peor fue, de largo, la muerte de un espectador (Luis Montero) por culpa de una bengala de navegación torpemente lanzada por un temerario aficionado. Cualquiera que pasara por las inmediaciones del coliseo gaditano tras el partido, pensaría que más que ascender, se había bajado de categoría, a tenor de las caras de lo que salían y del silencio de los mismos, que no estaban para muchos cánticos ni alirones. 

 

 

El Cádiz CF vive instalado en el ascensor. Tan pronto asciende a Primera, como se muestra incapaz de retener ese preciado bien. En la temporada 84-85 toca volver a subir. Para ello, Benito Joanet tiene un equipo difícilmente mejorable, plagado de estrellas criadas en el vivero cadista (entre los que destacan los hermanos Mejías, Escobar y Manolito, por citar algunos), a los que acompañan nombres de la entidad de Superpaco, Elías Benito o Vojinovic. Con estos mimbres, no es que el Cádiz se paseara, pero casi. Sólo el otro conjunto amarillo de la categoría, Las Palmas, puede hacer sombra a los gaditanos, que con una efectividad desmedida, van quemando partidos que les sirven para distanciarse más y más de sus rivales. Casi desde el inicio de la temporada parece claro que nuevamente, la ciudad gaditana va a vivir un ascenso al cénit balompédico nacional.

La escuadra gaditana llega al último tramo de liga con los deberes hechos. Ya no se habla de ascenso, sino de en qué partido se consumará el mismo. Y parece que la fecha definitiva será el 21 de abril, día que los amarillos reciben al Castellón. Una victoria en Carranza asegura matemáticamente la plaza en Primera. Pero puede decirse que casi desde el principio, el partido está predestinado a acabar en tragedia.

Como si el destino hubiera querido ser premonitorio, los jugadores locales saltan al campo con un brazalete negro, y antes del “kick-off” se guarda un minuto de silencio, por la muerte del exjugador cadista Carlos Sifferle. Quién hubiera podido imaginarse que esa señal de luto iba a estar más justificada aún en sólo unos minutos. Cinco concretamente, lo que necesita el imprudente aficionado, por llamarlo de alguna manera, que lanza su maldita bengala y de la que hablaremos posteriormente.

 

Pepe Mejías en el
Cádiz - Castellón
Paco y Amarillo en el
Cádiz - Castellón

 

Los futbolistas de Joanet juegan uno de los partidos más horrorosos que se recuerdan en Carranza. El equipo que ha deleitado durante toda la temporada está completamente “missing”. La primera parte fue de sopor absoluto, y en la segunda, el cuadro cadista se mostró totalmente impotente para remontar el gol inicial de Mestre, que a la postre sería definitivo. A fe que eran tiempos totalmente diferentes a los de ahora. El once cadista juega tan rematadamente mal, que al finalizar el choque, y pese a que la derrota no pone en peligro el ascenso, el equipo y el cuerpo técnico reciben una sonora pitada. Como decimos, nada que ver con lo que pasa ahora.

Como va dicho, a los cinco minutos de encuentro, una bengala sale disparada desde Preferencia. El proyectil sale disparado en línea recta, en vez de elevarse en el aire, con tal virulencia que impacta sobre el pecho del socio Luis Montero Domínguez, causándole la muerte casi instantánea. Para cuando acaba el partido, todo el cadismo, y por ende, el vestuario, conoce ya el triste desenlace. No hay ganas de fiesta. Ni tan siquiera la noticia que trae Manuel Irigoyen, de que el ascenso es matemático por el empate del Logroñés, anima algo el ambiente.

Ambiente que termina de hundirse cuando en rueda de prensa, el técnico catalán, Benito Joanet, anuncia que el 30 de junio abandonará su cargo. De forma totalmente inesperada, el entrenador llama a los periodistas, que ante la gravedad de su rostro y sus palabras, empiezan a olerse algo: “Voy a la sala de prensa. Vente que te vas a enterar de algo importante”.

Efectivamente, Joanet declara, ante la incredulidad de los presentes, que “voy a evitaros que de aquí a final de liga me preguntéis por mi futuro: no voy a seguir mi contrato con el Cádiz. Termino el 30 de junio y se acabó. De esta forma no hay primicia para nadie. No ha pasado nada especial, es una decisión bien meditada. No presento mi dimisión, pero no seguiré el año que viene”.

El técnico se despide con un recuerdo al fallecido: “Mi recuerdo se lo dedico a ese pobre hombre, ese socio, que ha muerto”.

El presidente, en un alarde de sentido común, y ante la gravedad de los hechos, reúne a los capitanes, Pepe Mejías y Vilches, y les comunica (pese al desacuerdo del alcalde, Carlos Díaz) que todas las celebraciones están automáticamente suspendidas, algo que los jugadores comprenden y aceptan al instante. No obstante, éstos, de forma totalmente privada y familiar, se reunirán para cenar una hora después, y así se lo hacen saber al mandamás amarillo, que aprueba la decisión.

 

LUIS MONTERO DOMÍNGUEZ, SIEMPRE EN EL RECUERDO

Luis Montero Domínguez tenía 56 años. Había nacido en Cádiz, donde vivía desde siempre. No estaba casado ni tenía hijos, aunque vivía con dos de sus hermanas. Prejubilado de Astilleros, donde había trabajado toda su vida, era socio de forma ininterrumpida desde 1973, y siempre acudía puntual a la cita con su equipo cada dos domingos. Aquel día iba convencido de vivir un día grande, de presenciar otro ascenso que le permitiera, el año siguiente, disfrutar viendo a los suyos frente a los más grandes de España.

Ya hemos explicado que apenas se han jugado cinco minutos de partido, una bengala sale disparada desde la grada de preferencia. Por desgracia, impacta en el pecho de Luis Montero, que no tiene tiempo de reaccionar y apartarse, como sí lo hizo su compañero de grada, Jose Moya, que tras el partido, es entrevistado por Diario de Cádiz, todavía con quemaduras en su ropa debido a la nube de chispas y humareda que provocó la maldita bengala, y visiblemente nervioso y alterado todavía, tras lo que acaba de ver: “ha sido espantoso, apenas pudimos reaccionar. Yo pude apartarme de la trayectoria del cohete o lo que fuera eso, pero no ese pobre hombre. El venía siempre al fútbol, solo o con un amigo. Hoy, solo”. 

Vicente Lázaro, otro aficionado cercano al lugar de los hechos, y que iba acompañado de su hijo, también declaró a la prensa gaditana sobre el suceso: “Vi venir el fogonazo. Muchos pudieron esquivarlo. Yo tiré a mi hijo a un lado, y me agaché. A ese hombre no le dio tiempo. Cayó herido con eso clavado y todo se llenó de sangre”. Con su hijo todavía impactado por lo que acababa de ver, y llorando desconsoladamente, Lázaro abandonó el estadio.

 

Ambiente en el vestuario tras el partido
Parece cualquier cosa menos un ascenso

 

En un primer momento, parece que Luis no ha sufrido graves daños. Todavía consciente, trata de tranquilizar a los demás y a sí mismo: “No, no es nada, No tengo nada”. Pero enseguida pierde el conocimiento. Otro socio cercano al lugar, le arrancó la bengala del pecho: “era impresionante. Se la arranqué enseguida, pero ya no había remedio. Todo estaba lleno de sangre y somos varios los que nos manchamos”.

Montero es trasladado de urgencia a la Residencia por la Cruz Roja. Apenas llevaba tres minutos en quirófano cuando se certifica su fallecimiento. El doctor Fanz, facultativo que intentó, sin éxito, salvarle la vida, contaba que el herido llegó a quirófano “como si le hubiera explotado una granada. Le faltaban todos los tejidos de la caja torácica e incluso huesos, pues algunas costillas habían desaparecido. Además había estallado el hígado y el corazón tenía una lesión en la aurícula derecha. Con la gravedad de estas lesiones, es extraño que llegara aún con vida al hospital”.

Ese día se encontraba también en el estadio Luis Díaz Montero, sobrino del fallecido, que lo presenció todo desde su localidad de fondo norte, sin imaginarse que estaba asistiendo a la muerte de su tío. Hemos conseguido contactar con él, y así recuerda él aquel fatídico día: "era un partido clave para el Cádiz, estábamos pendientes del ascenso, había mucha euforia. Había varias bengalas en el campo. De repente una salió disparada como un cohete hacia Tribuna y pensé que tenía que haberle dado alguien, pues estaba llena a rebosar. Pero no le di más importancia".

"De repente mis compañeros me dijeron que me estaban llamando por megafonía, yo ni me di cuenta. Me fui hasta la puerta del estadio, donde la policía me estaba esperando para llevarme al hospital. Al principio no sabía a qué se debía, y me negué, pero me explicaron que la bengala había impactado en mi tío, que estaba muy grave y nos dirigimos a residencia. Mis tías, que vivían con mi tío, me mandaron localizar. Cuando llegamos, el médico nos explicó que ya había fallecido, y pasamos toda la noche velando el cadáver".

"Tanto mi tío como yo éramos conocidos en Astilleros, y nuestros nombres se parecían mucho. Esa noche, dos compañeros vinieron al velatorio pensando que era yo el que había muerto. Fue todo muy triste". Denunciamos al Cádiz CF por la responsabilidad civil, y ganamos el juicio. Pero eso, lógicamente, no compensaba en absoluto la pérdida de mi tío".

Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, partió el cortejo fúnebre, desde la Residencia hasta el cementerio, viviéndose escenas terriblemente dramáticas, especialmente por parte de las hermanas del fallecido que convivían con el mismo. En dicho cortejo estuvo la totalidad de la directiva cadista, así como Benito Joanet y Camilo Liz por parte del cuerpo técnico y algunos jugadores de la primera plantilla, como Paco, Escobar o Pepe Mejías entre otros.

Ese mismo día pasaban a disposición judicial los dos detenidos, el mismo domingo del partido, por el lanzamiento de la bengala: Juan Manuel Orozco Sánchez y Jose Gómez Moreno, conocidos del bar Pablito. Mientras el segundo quedaba en libertad, el primero era ingresado en la prisión de Puerto-2. Tras cumplirse las 72 horas máximas permitidas por la ley, el juez decidió concederle la libertad provisional, en espera de juicio. En los tres días que estuvo detenido, J.M.O.S. pasó dos veces por el hospital Mora para recibir tratamiento médico.

  

LA HISTORIA VOLVIÓ A REPETIRSE

Por desgracia, esta no fue la última vez en la que nuestro equipo estuvo envuelto en una desgracia en la que las bengalas resultaron ser mortales, aunque la segunda vez fue como protagonista indirecto y totalmente circunstancial.

Fue en marzo de 1992, en el histórico estadio de Sarriá. Guillermo Alfonso Lázaro, que iba por primera vez al coliseo españolista, fallecía de modo idéntico a como lo había hecho el socio cadista siete años antes. Tan sólo contaba trece años. Todo la afición perica y el fútbol español en general quedaron totalmente consternados por la noticia. Pizo Gómez, futbolista blanquiazul, declaró que aquel día marcó “el gol más triste de mi carrera”.

 

Portada de El Mundo Deportivo del 16/03/1992
Obtenida de Hemeroteca Mundo Deportivo

 

Ojalá que estas muertes, que jamás debieron ocurrir, si bien dejaron una pérdida, totalmente irreparable a sus familias, hayan servido al menos para que nunca más ningún inconsciente vuelva a llevar bengalas a un campo de fútbol.

 




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  Creación ficha:  21/12/2009
  Última actualización:  21/12/2009
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