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Domingo Balmanya



 

Domingo Balmanya, el único técnico que comparte en su currículum el Cádiz CF y la Selección Española, ha sido uno de los entrenadores más exquisitos de cuántos ha disfrutado el Cádiz CF en toda su historia. Dirigió al conjunto gaditano en dos temporadas en la década de los 70, en las que construyó un equipo de ensueño, que hizo vibrar a la afición como hacía mucho que no lo hacía. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que la labor de Balmanya al frente del club supuso la colocación de las primeras piedras, la subida de los primeros escalones que nos llevarían a subir a Primera y a engancharnos al tren del fútbol de elite
 

 

 
Domenec Balmanya Perera (nacido en Girona el 29 de diciembre de 1914) fue un jugador mítico, desarrollando su carrera futbolística de forma casi íntegra en el FC Barcelona, y uno de los entrenadores más destacados de toda la historia del fútbol español.
 
Todo el mundo que conoció a Balmanya y su trabajo en los muchísimos equipos en los que estuvo, coinciden en definirlo como un hombre tan ganador como trabajador, que no creía en la suerte (“La suerte es una manifestación de inteligencia y de fuerza; que no me vengan con cuentos. Tienen suerte los que son inteligentes, fuertes y valientes”), sólo en el trabajo duro. Amaba el fútbol hasta el tuétano, siendo en el balompié todo lo que se pueda ser: jugador, entrenador, seleccionador nacional, hombre de despacho, comentarista…
 
Las bases de su trabajo eran, amén del trabajo intenso, cuidar al futbolista, comprenderlo, entenderlo y sacar lo mejor de él. No habría sitio en esta página para listar todas las anécdotas relacionadas con esta faceta casi paternal que Balmanya llevaba a cabo sobre sus pupilos. Creía firmemente en la cantera, sobre la que siempre tenía los dos ojos. Nunca le tembló el pulso a la hora de sentar a un veterano para darle la oportunidad a un joven que prometía, gracias a lo cual el balompié español vio nacer futbolísticamente a importantes talentos. En el Cádiz sobresale un claro ejemplo, el de Mané, que con Balmanya dio sus primeros pasos en Carranza. Otros futbolistas como Olivella, Vergés, Gensana y Coll en el Barcelona, Gárate en el Atleti, Claramunt en el Valencia, Quino en el Betis, o el malogrado Berruezo en el Málaga debutaron gracias a la oportunidad que les otorgó Domenec.
Y sobre todo, hay que destacar su gusto por el buen fútbol: “En mis primeros tiempos no se jugaba de mediocampista ni de extremos... era de tira palante, a la que viene la pelota, garrotada y tente tieso y meterla en la barraca. Ahora se ha pasado del fútbol sin fuerza a la fuerza sin fútbol; se ha de trabajar más la parte técnica. De que la mejor defensa fuera un buen ataque se pasó a que el mejor ataque era una buena defensa. Y ahora el mejor ataque es un contraataque”. Era un hombre sensato que sabía hasta donde podían llegar sus jugadores, pero siempre intentaba que el balón rodara en lugar de volar, y que su equipo tocara pasando siempre por el centro del campo. Así el cadismo tuvo la suerte de disfrutar de la santa trinidad que formaban Ibáñez, Carvallo y Eloy, pero ya llegaremos a eso.
Dejemos que hablen los hechos. Intentaremos repasar la ingente trayectoria de este personaje sin igual.

 

Jugador Barcelona FC Jugador Nastic Tarr.

 

A la edad de 15 años ya jugaba en el equipo titular de su ciudad, el Girona. Un par de años más tarde su juego destacaba tanto, que era fichado por el FC Barcelona (como curiosidad apuntaremos que la entidad de la Ciudad Condal pagó por el traspaso 20000 pesetas a su club de origen, y otras diez mil al propio jugador, siendo su sueldo mensual de 500 pesetas), en el que permanecería durante nada menos que diez campañas, en dos etapas, ya que la durante la Guerra Civil decidió emigrar a Francia, país en el que jugó por dos temporadas, en el equipo del Sete, con el que se proclamó campeón del torneo galo. La historia sobre cómo Balmanya acabó en el exilio da una idea muy buena de la difícil situación por la que atravesaba entonces el fútbol en nuestro país, especialmente en Cataluña. En 1937, el Barcelona se embarcó en un viaje por México y Estados Unidos, para jugar diversos partidos amistosos, con los que recaudar dinero suficiente para evitar la quiebra total de la sociedad. Si bien el tour dio sus frutos en lo económico, en lo deportivo supuso un desastre, y es que el técnico O’Conell regresó a la Ciudad Condal únicamente con cuatro jugadores: el resto, incluido el propio Balmanya, aprovecharon la ocasión para exiliarse y poder continuar compitiendo, mientras duraba el conflicto en España.
 
Así pues, Balmanya formó parte del Barcelona hasta la campaña 43-44 inclusive, llegando a superar la centena de partidos con la camisola azulgrana. Su principal logro en estos años, muy duros en el club blaugrana, fue conquistar la Copa en el año 1942 (en el que, paradójicamente, los catalanes tuvieron que defender su permanencia en la máxima categoría en una promoción contra el Murcia).
 
En el verano de 1944 firmó por el Nástic de Tarragona, en el que prolongaría su carrera durante cinco campañas más, entre las que sin duda destaca el ascenso a Primera en la temporada 46-47. Aunque de cara a la faceta que nos ocupa y su paso por el Cádiz, de su etapa en el conjunto rojillo cabe reseñar (amén de que formó parte del primer equipo que venció al Real Madrid en su actual estadio) también que en su última temporada en las filas de dicho club (49-50) simultaneó los puestos de jugador y entrenador, al hacerse cargo del banquillo tarraconense a partir de la jornada número 14, hasta final de temporada, incluyendo una promoción frente al Alcoyano. Fue el toque de piedra de una carrera de entrenador que habría de dar muchísimos éxitos.
En el verano de 1950, contando entonces con 35 años, meditó colgar las botas, pero finalmente fue convencido para que terminara su carrera futbolística (desarrollada íntegramente en Cataluña) en el Sant Andreu. Algo que se repetiría, de forma similar, casi 25 años después. Ya llegaremos a eso también.
 
Concluía, ahora sí, una carrera futbolística que tuvo la desgracia de coincidir con la guerra y tiempos convulsos, en unos tiempos malos para el fútbol. Su nombre no es tan recordado como el de sus compañeros de entonces, aunque todavía quedan algunos, los más mayores, que recuerdan a aquel fortachón centrocampista que jugaba a menudo con una cinta blanca ciñéndole la frente. Por el contrario, significaba el pistoletazo de salida para auparse en la excelencia como entrenador.

 

 

Su primera experiencia en los banquillos fue, al igual que le ocurriera como jugador, precisamente en su ciudad de origen, Gerona, a cuyo club, que entonces militaba en Tercera, dirigió durante el inicio de la campaña 52-53.
 
Decimos el inicio porque en noviembre de 1952 Balmanya aceptó la propuesta de dirigir al Zaragoza, lo que suponía debutar en un banquillo de Primera División. Su misión era la de evitar el descenso de los maños (sumidos entonces en una espiral de ascensos y descensos, y con un equipo muy poco competitivo por aquellas fechas), pero por desgracia, no pudo conseguirlo.
 
En la temporada 54-55 Balmanya consigue su primer éxito importante en un banquillo, el del Real Oviedo, al que estuvo a punto de devolver a Primera División. El cuadro asturiano fue subcampeón del grupo I de Segunda, pero sólo pudo ser tercero en el posterior playoff de ascenso.
 
Tras una temporada en blanco, finalmente, accede al banquillo del FC Barcelona en 1956, cuando el presidente azulgrana, Francesc Miró Sans, le elije para sustituir a Platko, convirtiéndose así en uno de los pocos elegidos que ha sido tanto jugador como técnico del club blaugrana. Fue en el Barcelona donde Balmanya terminó de definirse como técnico, y donde puso en práctica los que serían sus principios básicos: juego de ataque, y explotación de la cantera, de la que supo sacar siempre, en todos los equipos donde estuvo, los diamantes ocultos que ésta atesoraba. En el club catalán dio la alternativa a nombres como Olivella, Vergés, Gensana y Coll y fichó al guardameta Estrems como suplente de Ramallets.
 
En su primer año en Can Barça, con la liga ya inalcanzable, pudo al menos salvar la campaña consiguiendo el título de Copa, lo que aumentó su crédito tanto en Cataluña como en toda España. En su segunda campaña en el Barcelona, tuvo el honor de ser el entrenador del club cuando éste inauguró su actual coliseo, el Camp Nou. El equipo, pese a contar con figuras de extremo renombre como Luis Suárez o Kubala, naufragó en la liga (de nuevo el club fue tercero) y cayó en semifinales de la Copa del Rey. Sin embargo, los azulgrana se proclamaron campeones de la primera edición de la Copa de Ferias. Balmanya fue destituido tras el partido de ida de la final (frente a una selección de jugadores de Londres), con el título ya en el bolsillo, gracias a la abultada goleada conseguida.
 
Su paso por el Barcelona le abrió muchísimas puertas, aunque curiosamente, la siguiente que cruzó, fue en el extranjero, en el Sete francés, en el que también fue jugador. Parecía que Balmanya estaba dispuesto a repetir su mismo currículum de su etapa de jugador.
 
Tras dos años en el país galo, Balmanya regresa a España para dirigir al Valencia, donde cuajó dos excepcionales temporadas. En la primera de ellas (60-61) el cuadro che clasifica en quito lugar, lo que dio acceso a jugar la Copa de Ferias, competición que el club blanco conquistó un año después, y que debería aparecer en el currículum del entrenador catalán: la final de dicho torneo coincidió con la celebración del Mundial de 1962, y se pospuso. Para cuando se jugó dicha final, frente al Barcelona, en septiembre de 1962, Balmanya (bajo cuya dirección se había eliminado a Nottingham Forest, Lausanne, Inter de Milán y MTK Budapest) ya no ocupaba el banquillo. Además de eso, el equipo fue séptimo en la liga.
 
En la campaña 63-64, Domingo recala en el Betis, donde vuelve a realizar una labor impresionante. El club sevillano termina clasificado en tercera posición, su mejor clasificación desde que los béticos fueran campeones en 1935, dando así, por primera vez en su historia, un billete para jugar en Europa al equipo verdiblanco.
 
A pesar de este éxito, Balmanya aceptó, para el nuevo ejercicio liguero (64-65), la oferta del CD Málaga, militante entonces en Segunda. Un Balmanya en estado de gracia guía al club malacitano a su retorno en Primera División, tras quedar subcampeón del Grupo 2 y eliminar posteriormente al Levante en la promoción de ascenso.
 
El caché de Balmanya sigue subiendo, y el año siguiente el técnico catalán toca techo. En la temporada 65-66 recala en el Atlético de Madrid de los Aragonés, Adelardo, Cóllar o Ufarte entre otros, en lo que sería posiblemente el cénit de su carrera. A pesar de imprimir su sello desde el principio y dar al equipo una intensidad y hambre de triunfo que hacía mucho que no se veían en el Atlético, tras unos comienzos dubitativos en lo que a resultados se refería, fue criticado. Pero el tiempo fue poco a poco dándole la razón, y finalmente Domenec Balmanya hizo campeón, 15 años después, al equipo colchonero, lo que desató la locura en la afición rojiblanca. El técnico catalán salió llorando de Sarriá, donde su equipo cantó el alirón tanto tiempo después.

 

Llora tras ganar la
liga con el Atleti
Celebración ascenso
CD Málaga

 

Habiendo conquistado el primer puesto de la liga, ya sólo faltaba un peldaño por subir: seleccionador nacional. Casi por aclamación popular la Federación Española le daba el mando de la roja, si bien aquello terminó convirtiéndose en un caramelo envenenado: el todavía reciente éxito político y deportivo del Campeonato de Europa conseguido por España en 1964 sería un listón muy alto, y la exigencia sobre él fue tremenda. Con el tiempo, los españoles aprendimos a encadenar fracasos hasta este 2008, año en que volvimos a recuperar el cetro europeo. Pero entonces las expectativas fueron altísimas. Entre el 23 de octubre de 1966 y el 9 de mayo de 1968 dirigió en 11 ocasiones al combinado español, con un balance de tres victorias, tres empates y cuatro derrotas. Tras caer el equipo en cuartos de final de la Eurocopa del 68, frente a Inglaterra, fue destituido.
 
De vuelta al fútbol de clubes, Balmanya retorna al Zaragoza, al que dirigió durante diez jornadas, tras las cuales fue destituido. Fue el segundo de tres entrenadores en el club maño aquella temporada, lo cual no sirvió para evitar que el club volviera a caer en Segunda, tras quedar último clasificado.
 
Así por fin llegamos al verano de 1971, en el que el maestro catalán recalaría en el Cádiz, para cambiar para siempre a nuestro equipo, empezando así la emersión del Submarino Amarillo, que hasta entonces, y desde la decepción del Grupo V, no había tenido apenas ocasión de acercarse a la élite.
 
La temporada 71-72 acaba de concluir, y la afición está desanimada. El pasado curso ha sido un fiasco: con tres entrenadores desfilando por el banquillo de Carranza, la categoría se ha salvado por los pelos, pidiendo la hora en una promoción de infarto frente al Sestao. El fantasma de la Tercera División, de la que se había conseguido ascender hacía sólo dos temporadas, estaba todavía muy cercano. Así pues, las expectativas no son muy halagüeñas para la campaña venidera. Sin embargo, el presidente, Gutiérrez Trueba, está empeñado en hacer un Cádiz grande, y dentro de las posibilidades del club, hace todos los esfuerzos posibles.
 
Para dicha labor el mandamás cadista decide hacerse con los servicios del exseleccionador nacional Domingo Balmanya. El 26 de junio de 1972 el preparador catalán rubrica el contrato que le unía a la entidad por las dos próximas temporadas, lo cual daba una idea de la absoluta confianza que tenía el presidente en la capacidad de Balmanya. Un día después se publica una entrevista suya con Diario de Cádiz, en la que ya se desvelan cuáles serán sus señas de identidad, y que definirían su trabajo y su persona. Dejamos aquí algunos de los testimonios de aquel día:
 
- El dinero no ha sido lo más importante aquí. En estos momentos, yo necesito más del Cádiz que el Cádiz de mí. He estado una temporada sin entrenar y para hacerlo de nuevo, volviendo a este santo oficio de entrenador, hay que hacerlo con garantías. Después de hablar con el presidente, las garantías están de sobra presentadas.
-  Queremos hacer una temporada “decentita”: procurar que la afición no sufra y sobre todo dar buen fútbol, ya que de esto los aficionados de Cádiz saben mucho, gracias al Trofeo Carranza. Otras poblaciones no tienen esto. El ver buen fútbol todos los años no le hace bien al Cádiz, porque luego exigen al equipo lo mismo que ven en el famoso torneo.
- Aspiraciones de subir tienen todos los equipos de Segunda. Vamos a dejar esto para más adelante y de momento vamos a hacer una “curita” de humildad. Lo que nos interesa es no pasar los apuros que ha pasado esta temporada y sobre todo, jugar bien al fútbol.
 
Sin embargo, no fue hasta el 13 de julio cuando se pudo presentar oficialmente al nuevo preparador cadista, que había de cerrar diversos asuntos familiares y de negocio en su tierra natal antes de cruzar toda la piel de toro hasta su nuevo equipo. El nuevo míster fue claro: “no vengo a realizar milagros, porque éstos no existen. Sólo a trabajar con seriedad”.
 
Conforme pasan las semanas, el cadismo va conociendo mejor al que sería su entrenador las dos próximas temporadas.

 

Con Adolfo Bolea
(su segundo en el Cádiz)
Entrenamiento
(Mariana y Villalba)

 

Balmanya, nacido en plena Primera Guerra Mundial y que sufrió en sus carnes la crudeza de la Guerra Civil española, conoció un fútbol pobre, muy alejado del cliché que tenemos hoy en mente de lujo y fama. Un fútbol que había que compaginar con el trabajo en la fábrica. Por eso posiblemente, entendía que el dinero era una parte fundamental de este deporte: “…fui el primero que le dije a un delegado nacional que las primas de los internacionales debían ser altas. Y ya lo son, lo que anima a ellos y a sus familias, puesto que son profesionales que viven de esto. Como debe ser”. El preparador catalán fue de los primeros, pues, en entender, que el futbolista debía ser profesional al 100%, y dedicarse por entero a su trabajo, de forma que el rendimiento se viera recompensado, y que éste comprometiera las necesidades del jugador y su familia: “la plantilla del Cádiz es ideal. No hay jugadores demasiado bisoños ni demasiado veteranos. Y sobre todo tienen todos unas ganas locas de ganar dinero. Como me pasa a mí. Por eso nos tenemos que entender. Y para ganar dinero hay que sacrificarse, luchar, tener fe, entrega y lograr triunfos. Aquel jugador que no se tome esto en serio está de más. No se puede perder el tiempo ni comprometer el cocido de los demás”.
 
Como el tiempo se encargaría de probar, Domenec no venía de vuelta a Cádiz a ganarse una cómoda jubilación, como podría haber pensado algún agorero: “llego con todas las ilusiones. Porque a mí me hace falta el éxito. Soy realista. El público se olvida pronto de los triunfos y más en el fútbol. Alcancé un tope y aureola importante, pero después me he apartado temporalmente del fútbol y quiero volver a él, si es posible, por la puerta grande, con un éxito sonado. Por eso yo lo necesito tanto como el Cádiz. Por eso trabajaré con enorme fe y entrega”.
 
Ya hemos hablado del gusto por el buen fútbol de Balmanya, y de cómo lo llevó a la práctica en Cádiz, y es que el de Girona sabía de lo que hablaba: “En el fútbol hay tres hombres que lo deciden todo modernamente. Esos tan traídos y llevados ‘centrocampistas’. Si salen de los que se van para delante y meten goles, el equipo es ofensivo; si son de los que se van para atrás, cierran bien y destruyen, ya puedes gritar tú desde el banquillo que te quedarás ronco sin objetivo, el equipo jugará a la defensiva”. A pesar de que el fútbol cambiaba a gran velocidad y era muy diferente del que él conoció como jugador (nótese como le resulta extraña la palabra “centrocampista”), supo adaptarse e incluso anticiparse a esos cambios.
 
En su primera campaña al frente de la nave cadista, obtuvo buenos resultados, aunque sin poder optar al ascenso. No obstante, empezó a vislumbrarse el fútbol que quería, y que la afición amarilla iba a disfrutar un año después. Tras una racha de tres derrotas consecutivas nada más comenzar la liga, Balmanya declaraba que: “El problema no está en la defensa. Ya te dije una vez que las características de los equipos no la dan los entrenadores, sino los centrocampistas. Nosotros atrás tenemos jugadores de rendimiento normal. Estoy muy contento de cómo rindió Puig últimamente e incluso Soriano, en cuanto se convenza que lo suyo es soltar pronto el balón. Díaz cumple bien y Migueli es caso aparte. De seguir así llegará a ser un jugador profesional. Hemos pecado de no valorar a los contrarios. Hemos llegado con tanta facilidad a la puerta contraria que pensamos que era pan comido, y el balón no ha querido entrar. Pero no todo es mala suerte. Vamos a decir también que hay un poquito de culpa por nuestra parte”.
 
Tras este comienzo dubitativo en el que el Cádiz llegó a ocupar puestos de descenso directo, y tras reconocer el propio Balmanya que “la afición tiene mucha paciencia conmigo”, imperó la cordura y se dejó trabajar al gerundense. Pese a ser expulsado durante cuatro partidos, los amarillos fueron remontando el vuelo, de forma que al acabar la primera vuelta, éstos se encontraban en una cómoda novena plaza, sobre todo gracias al excelente rendimiento en Carranza, donde sólo se perdió un partido. Una vez más, la afición se erigía como sostén del equipo. Balmanya era justo al hacer balance: “contando errores y aciertos cometidos, estamos donde merecemos estar”.

 

Entrenamiento, con Rovira Presentación como nuevo entrenador

 

La segunda vuelta transcurrió sin mayores sobresaltos. El Cádiz cerraba la campaña ganando en el Rico Pérez al Hércules (un año después se acordaría mucho de este resultado), lo que dejaba a los amarillos en una muy honrosa séptima posición.
 
Tras esta temporada, llegaba la hora de la verdad. Gutiérrez Trueba tenía muy claro que “Balmanya seguirá siendo el entrenador a todos los efectos”, y ahora sí, había llegado el momento de pelear por el ascenso. A punto estuvo de conseguirse, como ya contamos en el episodio cadista que desarrolla pormenorizadamente esta campaña que estuvo a punto de situarnos en la élite del fútbol nacional, y en la que Domingo llevó al cénit su máxima sobre aquello de que un equipo juega como lo hagan sus centrocampistas, y que demostró ser bien cierta. El Cádiz jugó como hacía mucho que no se había visto, pero es que con Ibáñez, Carvallo y Eloy, sólo podía salir de todo aquello una agradable sinfonía.
 
Balmanya fue capaz de obrar el milagro y reenganchar a una afición que parecía desencantada para siempre. Tanto fue así que ésta pedía a gritos que el preparador catalán continuara tras haberse consumido el compromiso que le ligaba a la entidad de Cánovas del Castillo. Pero lo cierto es que tal y como ya había deslizado varias veces con sutileza en sus declaraciones, el hecho de tener a mujer e hijos tan lejos (por motivos familiares no pudieron viajar a Cádiz con él), así como sus negocios, terminaron forzando el regreso a su lugar de origen.
 
No obstante, con la campaña en marcha y el ascenso en plena disputa, llegaron insistentes rumores desde la capital andaluza, en los que se afirmaba que el de Gerona tenía un compromiso verbal con el Sevilla para dirigir a dicho club en las dos venideras temporadas, aprovechando un viaje del catalán a la ciudad hispalense. Algo que él negó tajantemente: “fui a Sevilla a comprar guantes de lana y tacos especiales por si nieva en El Plantío, y después, para atender el requerimiento de Radiogaceta de los deportes de mi amigo Salvador Recio, con el que comí. No quedé ni hablé en ningún momento con el presidente del Sevilla ni con sus directivos, pese a comer en el restaurante de uno de ellos”.
 
A la vez, aprovechaba para sentenciar que “di mi palabra al presidente, y eso vale tanto como un contrato, de que si la próxima temporada entreno a algún equipo, ese será el Cádiz CF. Aquí estoy encantado. Sufriendo porque nuestra profesión es así y con la única pena de no poder tener conmigo aquí a mi mujer, por seguir enferma su madre en Barcelona”.
 
A pesar de asegurar que no entrenaría a ningún otro equipo que no fuera el Cádiz, Domingo Balmanya terminó accediendo a dirigir a la UE Sant Andreu (durante la campaña 74-75 y parte de la 75-76, en la que fue sustituido por César Rodríguez), equipo al que el catalán se sentía muy unido. No en vano, Balmanya terminó sus respectivas carreras como jugador y entrenador en el humilde club barcelonés. Naturalmente, eso y mucho más se le perdona al entrañable “viejo”, que dejó para siempre un recuerdo imborrable en el Cádiz y toda la ciudad.
 
Incombustible, Domenec no quiso retirarse y continuó ligado al fútbol en diversas facetas: fue secretario técnico de Barcelona y Español, director de la escuela catalana de entrenadores y comentarista deportivo, casi siempre junto a Jose María García, junto al que acuñó una frase que fue parodiada hasta la saciedad: “Totalmente de acuerdo, Jose María”.
 
Así fue hasta que en febrero de 2002, se apagó para siempre la luz de este astro del fútbol español, con la que el Cádiz tuvo la suerte de contar, y que en nuestra condición de equipo modesto, debemos valorar muy especialmente. Su recuerdo (honrado por el COE al serle otorgada la medalla de Plata al Mérito Deportivo a título póstumo) ha de permanecer siempre vivo en la memoria colectiva cadista, que pocas veces podrá repetir la suerte de contar en sus filas con alguien de su sapiencia y conocimiento futbolísticos.

 

 



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  Creación ficha:  20/09/2009
  Última actualización:  20/09/2009
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